Toga y teletrabajo: una pareja cada vez menos extraña

El cliente valora el trabajo bien hecho, la destreza técnica y la lealtad de su abogado. Pero éste no tiene por qué estar siempre encerrado en su despacho ni sujeto a un horario laboral estricto. De hecho, nunca ha sido así.

 

Imagen de teletrabajo¿Es posible el teletrabajo en la abogacía? El palabro no parece casar bien con el concepto tradicional del oficio como ejercicio profesional independiente sin sujeción a jerarquías ni a las reglas del mundo laboral. Si el abogado no es un trabajador, menos será un teletrabajador. Pero, bien pensado, y disquisiciones terminológicas aparte, el teletrabajo está enraizado en la práctica habitual de la profesión desde el principio de sus tiempos. Acudir a diario a los juzgados, reunirse con clientes en sus oficinas, con otros compañeros en sus despachos, ¿no es ya teletrabajar?

Los abogados sabemos bien lo que es dedicar una buena parte de la jornada al trabajo fuera del despacho. Sin embargo, el teletrabajo arrastra aún mala prensa en la profesión, y recibe críticas de diverso signo.

Así, se dice que el teletrabajo impide la disponibilidad del abogado de cara al cliente en situaciones críticas o urgentes (las cuales, dicho sea de paso, son el pan nuestro de cada día). Pues bien, podemos darle la vuelta al argumento, ya que el teletrabajo precisamente conlleva una mayor presencia, aunque a distancia, del abogado. En cambio, en el esquema tradicional, un cliente angustiado solo puede contactar con su letrado en un rígido horario de oficina. Si el abogado cuenta con las herramientas de trabajo adecuadas (como las bases de datos y las plataformas de gestión accesibles por Internet, en la nube), el abogado podrá atender mucho mejor las urgencias que si está desaparecido de viernes a lunes.

Por otro lado, se suele vincular el teletrabajo sin más a las políticas de conciliación personal y familiar, o a la integración de personas con discapacidad. Sin embargo, aunque son caras de una misma moneda, no se trata solo de eso. El teletrabajo es también un método de gestión del bufete que busca una mayor rentabilidad y eficiencia de costes. Se trata de ahorrar costes fijos y aumentar la productividad, consecuencia y objetivo de una estrategia inteligente de teletrabajo. De hecho, los estudios apuntan a que el teletrabajador aumenta sus horas de trabajo, lejos de reducirlas, y las hace más productivas, al eliminar el tiempo de fricción desperdiciado en el transporte al trabajo y las interrupciones no deseadas.

La crítica también se centra en el lado del cliente ya que, se dice, éste no aprecia igual a un abogado de carne y hueso que al que trabaja desde su casa y en pantuflas. No obstante, la satisfacción del cliente no solo tiene que ver con la impresión presencial, sino con la calidad del trabajo jurídico, que puede ser la misma o incluso mayor en el segundo caso, y con la disponibilidad, que sin duda es mayor en la modalidad a distancia. Por otra parte, la cultura de la conciliación familiar va calando poco a poco y en muchos casos el propio cliente es también un teletrabajador que ya conoce las ventajas de este método y adivina que el ahorro de costes puede traducirse en una rebaja de su factura sin merma de la calidad.

En sentido parecido, se achaca al teletrabajo un defecto insubsanable: no se pueden sustituir las reuniones físicas con clientes y colaboradores puesto que en ellas entra en juego el lenguaje no verbal, el intercambio espontáneo de pareceres y la interacción propia del cara a cara. Cierto, pero no lo es menos que una gestión eficiente del tiempo debe compatibilizar los encuentros presenciales (por ejemplo, el encargo inicial de un asunto) con los contactos sincrónicos por teléfono o chat y los asíncronos como el correo electrónico o los sistemas de mensajería electrónica. Si el cliente y el abogado consiguen ese equilibrio, las reuniones o visitas presenciales, que efectivamente siguen siendo insustituibles, se prepararán mejor y en ellas se perderá menos el tiempo.

He aquí la clave del teletrabajo inteligente: utilizar cada herramienta para lo que se debe. El correo electrónico para transmitir documentos o fijar citas, y no para entablar discusiones, y el teléfono para solucionar directamente cuestiones complejas y evitar las infructuosas cadenas de correos que el lector sin duda ha sufrido muchas veces.

El mercado ofrece una infinidad de herramientas colaborativas a través de Internet, muchas de ellas gratuitas o de bajo coste, de utilidad para el tele-abogado. Dropbox, Zoho o Google Docs para almacenar y compartir documentos, Twitter o LinkedIn para intercambiar contactos, Vyew o Wiggio  para proyectos compartidos, entre otros centenares de aplicaciones de escritorio y sus hermanas para dispositivos móviles.

Una última nota. Aunque con la desesperante velocidad del galápago, la Justicia española parece avanzar hacia el expediente electrónico. Tarde o temprano, la oceánica marea de papel que ahoga a los juzgados y a los despachos irá sustituyéndose por flujos de bits entre los distintos operadores jurídicos. Del juzgado al abogado o directamente al justiciable, sin intermediarios (¿adiós a los procuradores?). Una oportunidad más para el teletrabajo en la abogacía, que ha llegado para quedarse.

Esta anotación fue publicada originalmente en Legal Today y en Actualidad Jurídica Aranzadi.

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Sobre el autor

Javier MuñozEn este blog Javier Muñoz Pereira, director de iAbogado, recoge noticias, opiniones y reflexiones a título personal sobre la justicia real en un mundo digital.
Javier escribe desde Madrid y está disponible también en LinkedIn, Facebook, Twitter, o a través de la página de contacto.

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