Del pájaro fugado, la chapuza judicial y los Milli Vanilli

El vodevil burocrático que permitió que un peligrosísimo delincuente saliese por su propio pie a la calle es consecuencia de un cúmulo de hazañas dignas de las mejores aventuras de la TIA y sus investigadores Mortadelo y Filemón.
Astrit Buschi estaba en prisión provisional como supuesto jefe de la banda acusada de asaltar la vivienda de un popular empresario teatral y propinarle una tunda atroz. La semana pasada el tipo compareció en un juzgado, conducido por la policía, para ser interrogado acerca de otro robo de menor gravedad. Tras la declaración, el juez ordena la puesta en libertad del mafioso, no por la agresión al empresario, sino por el asuntillo menor. Y los policías – aunque cueste creerlo - le quitaron las esposas y le dejaron ir sin más, libre cual candorosa avecilla. Todavía se oye el eco de las carcajadas de Buschi según ponía los pies en polvorosa rumbo a su ahora desconocido y confortable paradero.
Tras el escándalo, el juzgado pasa la pelota a los agentes de policía, éstos a la Guardia Civil, que originalmente estaba a cargo de la custodia del preso y todos a su vez culpan al juez por no haber sido un poquito más claro en su orden de libertad. Un espectáculo ciertamente edificante para el contribuyente, aleccionador para el ciudadano y escalofriante para la víctima del crimen.
De esta opereta del género bufo-judicial cabe extraer diversas reflexiones, que compartiremos aquí para entretenimiento de los cuatro pacientes lectores que todavía me aguantan:
- En la era de Internet, el cloud computing y demás moderneces, las Fuerzas de Seguridad del Estado se comunican entre sí por fax. Sí, amigos, esa maquinita del demonio que chirría como una bandada de grullas borrachas, es lenta, insegura, gasta tinta tontamente, ocupa espacio, ocupa inútilmente las líneas telefónicas y despilfarra el valioso tiempo de los agentes, alejados durante horas de la represión del delito para dedicarse a rellenar y desatascar folios atrapados en el cacharro de marras.
- En un mundo en el que los ordenadores vienen de serie con magníficos procesadores de texto con todo tipo de chuminaditas que permiten que el redactor subraye palabras importantes o enfatice pasajes esenciales, aplique negritas, cursivas y otros recursos infográficos que añadan claridad al texto, ¿tanto le costaría al juez subrayar cuatro palabras tan relevantes como “Fulano queda en libertad, pero solo por esta causa”?
- Los formularios procesales están bien. Ahorran tiempo y tal. El abogado o funcionario que no haya usado nunca ninguno, miente. Pero tampoco está de mal de vez en cuando aprender a redactar adaptándose al caso en estrados, y dejar a un lado las fórmulas estandarizadas. En el caso del mafioso, lo más probable es que el juez haya ordenado que se imprima un unoyquince, es decir una orden de libertad con la salvedad de que el imputado deberá comparecer los días 1 y 15 de cada mes ante el juzgado. El oficial saca el unoyquince, se lo entrega rutinariamente al imputado y a los policías, que se lo leen rutinariamente, lo aplican rutinariamente y a la postre el malhechor se escabulle, de forma nada rutinaria y sí muy cómica.
- A los responsables policiales y judiciales que en lugar de solucionar el desaguisado se lanzan a echarse las culpas unos a otros como colegiales traviesos, convendría castigarles a escuchar por megafonía y a todo volumen durante días la canción aquella de los Milli Vanilli, cuyo estribillo animaba a culpar de todo a la lluvia. Un consejo tan tramposo como sus propios autores, que no cantaban ni en la ducha, sino que, al igual que los protagonistas de este suceso, se dedicaban a dar el cante.
Lo único claro es que al capo Astrit Buschi ya no hay quien le eche un galgo. Para conseguir que el pájaro vuelva a la jaula, al ministro de Justicia solo le queda llorar como la dulce Lucinda en los eternos versos de Lope de Vega:
Daba sustento a un pajarillo un día
Lucinda, y por los hierros del portillo
fuésele de la jaula el pajarillo
al libre viento en que vivir solía.
Con un suspiro a la ocasión tardía
tendió la mano, y no pudiendo asillo,
dijo (y de las mejillas amarillo
volvió el clavel que entre su nieve ardía):
¿Adónde vas por despreciar el nido,
al peligro de ligas y de balas,
y el dueño huyes que tu pico adora?».
Oyóla el pajarillo enternecido,
y a la antigua prisión volvió las alas,
que tanto puede una mujer que llora.
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