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Hace unos días he abierto una nueva ventanita jurídica en la Red. Se trata del
El ablogado, un blog dedicado a temas jurídicos en relación con el mundo de la vivienda, las compraventas, alquileres, comunidades de propietarios, etc.
El blog está integrado en Pisos.com, el nuevo portal inmobiliario de Vocento. La primera anotación se titula Rifas de pisos: sólo para valientes.
[No sé de dónde voy a sacar tiempo para mantener tantos inventos en marcha. Habrá que dormir rápido].

Ya se han publicado los ganadores del 12º concurso de “Avisos legales estrafalarios” que convoca cada año la Foundation for Fair Civil Justice, una plataforma que busca llamar la atención sobre los extremos a los que está llegando la responsabilidad civil extracontractual en Estados Unidos, y el miedo que impulsa a las empresas a adjuntar advertencias pintorescas a sus productos.
El ganador de este año es la etiqueta acompañante a “The Off-Road Commode”, un original y utilísimo artefacto para los amantes del deporte al aire libre. Se trata de una especie de inodoro portátil que se engancha al parachoques trasero del coche, y permite que el pescador, cazador, trampero o dominguero general, una vez finalizada su actividad campera, acuda si le es menester a desaguarse por entrambos canales – por utilizar una expresión cervantina - con el máximo confort y urbanidad. Pues bien, tan imprescindible artilugio muestra una leyenda que reza “No apto para uso en vehículos en movimiento”.
Los finalistas son también de traca:

El pasado sábado el autor de estas líneas, mientras sesteaba en una sencilla hamaca, disfrutando del arrullo de la brisa marina y del sordo rumor de las olas que acariciaban la playa del Puerto de Santa María, recordaba los versos de su hijo más célebre, Rafael Alberti, en Marinero en tierra: “Si mi voz muriera en tierra, / llevadla al nivel del mar / y dejadla en la ribera./ Llevadla al nivel del mar / y nombradla capitana / de un blanco bajel de guerra…”
De pronto, una enorme furgoneta irrumpió en el paseo marítimo con los altavoces a a tope, berreando algo parecido a esto (con perdón por las mayúsculas):
“ATENCIÓN, SEÑORA. HA LLEGADO EL TAPICERO. EEEEEL TAPICERO. TAPIZAMOS SILLONES, SILLAS, SOFÁS, DESCALZADORAS, Y TODA CLASE DE MUEBLES EN SU PROPIO DOMICILIO. TAPIZAMOS EN ESCAY, POLIPIEL, CRETONA, PANA, ETC. ETC.”
Adiós momento poético, adiós merecido asueto. Mientras musitaba algunas maldiciones aquí irreproducibles, me asaltaron algunas reflexiones, entreveradas con ciertas ideas homicidas.
La venta ambulante en la calle con estruendosos sistemas de megafonía supone una falta de respeto al ciudadano y al medioambiente, constituye una clara competencia desleal con otros comerciantes que tienen vedados medios tan agresivos de promoción, vulnera la normativa municipal, contribuye al deterioro urbano y da imagen tercermundista. Además, nuestros queridos tapiceros ambulantes, tan incomprensiblemente ubicuos, hacen un aprovechamiento privativo del espacio sonoro público sin pagar tasa alguna, así como un uso ilícito y abusivo de la vía pública al transitar a baja velocidad y entorpecer el tráfico.
¿Se imagina el lector que cualquier comerciante pudiera lanzarse a la calle, megáfono en mano, a publicitar sus productos y servicios? Si el tapicero se dedica a esta tradicional forma de spam urbano, ¿por qué no el pintor, el agrimensor, el payaso de circo, el corredor de bolsa, el ingeniero, el consultor, el odontólogo o incluso – no quiero dar ideas – el abogado? También podemos hacernos la pregunta al revés: ¿Por qué de entre las miles de actividades comerciales y mercantiles que existen, son los tapiceros los que más invaden nuestras calles y nuestros oídos?
La respuesta puede ser una mezcla de costumbre medieval, desidia ciudadana a la hora de denunciar e indolencia de las autoridades municipales a la hora de perseguir estas infracciones, que se consideran de bagatela.
Pero la pregunta que me reconcome y me sume en la tiniebla de la incomprensión es otra: ¿qué rayos es una descalzadora?
Ignacio Camacho, periodista cuyas columnas diarias en ABC me resultan cada vez más sabrosas, compara en "justicia gaseosa" la celeridad de los tribunales americanos en el caso Madoff con nuestro renqueante, pleistocénico y ultragarantista sistema judicial:
(...) En los primeros seis meses de un proceso de esa envergadura, la justicia española apenas tendría tiempo para las diligencias previas y los recursos preliminares, y pasarían años antes de que las víctimas supiesen apenas el paradero de sus evaporados caudales.No es especulación; los clientes de Fórum y Afinsa aún no saben cuánto dinero han extraviado, ni siquiera si han sido o no objetos de estafa. Diluido el efecto mediático del escándalo y disipada la posibilidad de encontrar en él piezas de caza mayor política, el caso parece haber perdido prioridad para descaminarse entre los recovecos polvorientos del kafkiano castillo judicial español, donde yacen amontonados sumarios de corrupción, pleitos indemnizatorios, contenciosos de larga duración y hasta escalofriantes procesos penales. Algunos de esos aletargados expedientes fueron en su día instruidos bajo el irónico epígrafe del procedimiento abreviado.(...)