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Vayan por delante mis disculpas a los cuatro pacientes lectores que todavía no me han borrado de sus suscripciones. Tantos días sin escribir una línea no tienen atenuante ni eximente. Nada menos que desde mayo, el mes de las flores. En lo sucesivo juro prometo procuraré razonablemente escribir con más frecuencia.
Hablando de flores, he aquí un pleito curioso que se está juzgando en la ciudad norteamericana de Houston. Ya dijo Shakespeare que el amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen. Un hombre casado demanda a 1-800-FLOWERS, un servicio de envío de ramos vía Internet, por incumplimiento de contrato y vulneración de la cláusula de confidencialidad. El tipo había realizado un pedido destinado a una mujer con quien mantenía lo que el Diccionario de la RAE define como “relaciones amorosas ilícitas”.
Se suponía que la floristería digital debía mantener en secreto los detalles de la compra, y no enviar por correo ninguna comunicación al domicilio del comprador. Pues bien, la empresa remitió días después una nota comercial de agradecimiento al domicilio del infiel, y la esposa de éste, tras leerla, y con la mosca detrás de la oreja, pidió una aclaración.
Con diligencia digna de mejor causa, la floristería virtual le contestó por fax indicando todos los detalles de la compra, incluidos los datos de la destinataria final, lo que resultó en el pertinente soponcio conyugal, el inevitable conflicto marital y el oportuno divorcio al canto.
Nuestro hombre seguramente ganará el pleito contra tan ineptos floristeros. Pero más difícil le va a ser recuperar a su cónyuge. La cosa recuerda al primer cuarteto del famoso poema amoroso de Quevedo, «Amante agradecido a las lisonjas mentirosas de un sueño»:
¡Ay Floralba! Soñé que te ... ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
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